dilluns, 4 de febrer del 2008

Vecinos

Debe hacer ya del orden de nueve meses que vivo donde vivo. Gemma, que es la hija de los propietarios del piso que habito y con quien trato al respecto, me solía advertir -muy insistentemente- acerca de los vecinos. Que si ten paciencia, que si son todo gente mayor, que si están cargados de puñetas... A día de hoy, si de algo están contentos los propietarios conmigo, es por llevarme "bien" con los vecinos, cosa nada exenta de un gran esfuerzo que he de llevar a cabo de forma periódica al toparme con alguno de ellos. Y es que en general, vivo en un barrio, cuando menos, curioso...
Mucha inmigración, y no me refiero sólo a la que llega de otros países. También hay muchas familias llegadas del sur, que han instaurado su culturilla en tanto en cuanto han podido. Valga el ejemplo que acontecía hará dos días, mientras hacía la compra en el supermercado. Andaba yo por el pasillo de las verduras cuando me sobresaltó la voz de una señora de aproximadamente 200 kg de peso, que le gritaba a su teléfono móvil algo como "...ejque la mama, por su enfermedá, no toca... que no! que no domina, tá ía...". Repito, todo a voz en grito. Y digo yo, señora ¿es absolutamente necesario atender una llamada de ése tipo mientras selecciona las hortalizas para el caldo del Jonathan?¿tenemos los consumidores inocentes que escuchar los pormenores acerca del equilibrio mental de su santa madre?¿y porqué? otra cosa que siempre me ha hecho gracia es la gente que, sin darse cuenta (supongo y espero), llama "teta" a su progenitora, al evitar una tilde que se hace necesaria en el uso del castellano para referirse a la madre de un@. Pero bueno, no voy a ponerme tiquis miquis, que al fin y al cabo el "mama" está mu extendío.
Otro caso que ilustraría parte de la sociedad que puebla el barrio, estaría en el hombre-papa (o papamán). Un señor que un buen día pasó caminando por debajo de mi balcon una noche en que mi coleguilla Iván vino a cenar. En apariencia normal, el tipo caminaba incluso con cierta ligereza cuando, sin alterar ni el paso ni la expresión de su rostro en lo más mínimo y sin previo aviso, el individuo ladea la cabeza y zas! saca una tralla descomunal. Repito; el colega no alteró el ritmo de su marcha en ningún momento, y después de sacar la papilla, su rostro permanecía como si nada hubiera pasado. Tres metros más adelante, el hombre-papa vuelve a repetir su hazaña, esta vez hacia el otro lado...
El dominio que este señor nos mostró del arte del vómito y del mundo de la embriaguez etílica nos dejó perplejos, y me hizo pensar que en el barrio hay nivel. Baste percatarse de la densidad de establecimientos baretiles de la que el barrio presume.
Pero vamos a centrarnos en mis vecinos más inmediatos, porque la cosa no tiene desperdicio, como bien me advertía Gemma en su día. Vivo en un búnker rodeado por tres barreras que hay que franquear antes de acceder a ninguna de las viviendas de la comunidad. Ésta está formada por varios bloques que conforman una manzana entera, y la peña de por aqui le teme a los cacos, por lo que es importante para La Comunidad cerrar todas las puertas a cal y canto (tres hasta llegar a las vivienda, como ya he dicho), e informar de toda persona que entra o sale... Evidentemente, la última es una medida que ignoro en la medida que me es posible... No veas, con los abuelos de la Gestapo! Entre mis vecinos hay de todo en cuanto a los orígenes, si bien todos ellos comparten el hecho de estar ya entraditos en la tercera edad (en algunos casos, en la cuarta o en la quinta, se diría). Semana sí semana no, se pueden leer carteles que cuelgan los propios vecinos y que anuncian que tal día se celebrará el funeral por tal o cual vecino. Están cayendo como moscas. La pirámide demográfica del lugar donde vivo no es ni una pirámide; sólo un enorme techo, en la parte de arriba. Y un grano algo más abajo: yo.
Después de nueve meses aquí metido, sólo conozco a dos de las personas con las que comparto el bloque. Los demás son como espectros que sólo en raras ocasiones se cruzan con un servidor sin apenas saludar. Yo creo que duermen durante el día en un baúl, y desarrollan su actividad (cualquiera que sea) durante la noche, para evitar el contacto con esos seres que son los vecinos.
En cuanto a los que conozco, una de ellas es la Senyora Pilar. La senyora Pilar es un caso fascinante que merece atención, por lo que la dejaré para el final. Vive en el mismo rellano que yo, justo en frente de mí.
La señora de abajo es la Mari. La Mari se ve más normal, más en este mundo, y siempre se muestra simpática conmigo. Al menos, cuando estamos cara a cara. Debe de andar entre los 65-70 años, y con ella he desarrollado un curioso sistema de comunicación mediante el cual, si la música de mi casa está muy alta para su gusto, no tardan en retumbar los atronadores golpes de su escoba lanzados contra su techo (mi suelo). Eso sí, cuando nos vemos, todo es buen rollo.
El vecino zumbao. Éste vive en el bloque de al lado, pero aseguro desde aquí que es lo mismo que tenerlo metido en casa cuando le dá por despotricar contra toda cosa o ser que se ponga por delante. Por lo que "las chicas de oro" me cuentan -y lo que voy deduciendo yo-, el tipo tiene afición por agarrar unas curdas siderales, que exorciza de su cuerpo en forma de imprecaciones, maldiciones y juramentos lanzadas a todo el volumen que su corrompida garganta le permite. Su preferida es la que condena a todo aquél que se meta con su hermana, a la que -dice- quiere como a una madre y que nadie sabe si existe realmente. Es hermano de un tipo esquizofrénico que pasará el resto de sus días en Sant Boi.
Y la senyora Pilar... el ejemplar más exótico de toda la colección, y su marido, que es el presidente de la escalera. Tenemos como 50 presidentes: el del parquing, el del jardín, el de cada escalera, el de toda la comunidad... toda una jerarquía. Bien, pues la senyora Pilar, más un fenómeno paranormal que una persona, es el primer individuo con el que coincidí... eso ocurrió la misma primera noche en que entré al piso. Venía con Ivi, que me ayudó a trasladar algunas cosillas, y al ir a salir por la noche, y antes de que pudiese cerrar la puerta de mi casa, la Senyora Pilar irrumpió en la escena (en el rellano) con la presteza del rayo, talmente estuviera viviendo adherida a la puerta de su casa en espera de alguna presa, rollo viuda negra... la cosa duró unos tres cuartos de hora (no exagero), durante los cuales nos puso al día de la normativa de la comunidad, así como de otros pormenores relacionados, sobretodo, con su vida. Su rodilla, sus disgustos (porque yo creo que esta mujer no tiene alegrías) Ah! y no debemos abusar del ascensor! no es que se estropee, como me informó al yo preguntarle pero, ¿y si lo hace?¿eh?. Fueron, como digo, tres cuartos de hora de aguantar esa risa tonta que te sobreviene cuando en realidad, lo que tienes son ganas de echarte a llorar. Por cierto, que la cantinela que nos encajó aquella noche es la misma que me suelta todas y cada una de las veces que nos vemos, pero en versión reducida, ya que últimamente le suelo dar largas a la que puedo: Que si estamos muy contentos contigo (claro, casi nunca estoy en casa), que mira qué mal tengo esta rodilla, que si el vecino borracho, que cierra la puerta del bloque, que si mi marido es el presidente de la comunidad... una joya de mujer, vamos. La última (y varias veces ya repetida), es que la senyora Pilar me anima (más bien me incita, y lo hace a menudo) a tener hijos... como ve entrar a mujeres en casa de vez en cuando, y echa tanto de menos las criaturas, pues todo solucionado; que se ponga el Dani a procrear... Eso sí; si necesito algo sólo he de llamar a su puerta, como se encarga de recordarme en cada uno de los momentos en los que coincidimos. De hecho, empiezo a creer que tiene algún interés oculto en que yo visite su casa, pues no deja de insistir en ello. Hasta me hizo pasar un día para que viese el belén que había montado... me supo mal decirle que yo paso de eso de la santa concepción y de cosas similares que yo considero pamplinas, así que no se lo dije.
Recuerdo una ocasión en la que llamó al timbre de mi casa y, al yo abrir, la mujer se sobresaltó y me pidió perdón... Yo me quedé algo alucinado, ya que aún no había ningún motivo por el que debiera ella pedirme perdón. Sin embargo, y a medida que la conversación avanzaba, empezó a vislumbrarse el verdadero motivo de aquella visita, que era nada menos que averiguar qué cuezo yo en mi casa. El tema con el que me abordó era tan trivial que ni lo recuerdo, pero sí recuerdo preguntas del rollo ¿y como estás?¿qué haces, tan solo?¿no te aburres?¿no te has planteado tener hijos? he visto que a veces invitas a alguna moza... senyora Pilar!
"En resumiendo", que nadie escoge a sus vecinos, tal y como hoy en día está el percal de la vivienda, pero joder, la Providencia a veces se podría enrollar un poquito más.







Un beso mu grande pa la señora Pilar. Y otro pa la Mari. Y pal vecino cebolleta, un calcetín que morder cuando le posea al ansia de aberrar al mundo. Y to er cariño pa la gente del sú.

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